05 noviembre 2009

Y los dos vivimos un sueño a la distancia. Porque sin casi conocernos, lo llevamos en la piel. Porque compartimos un miedo más que absurdo. Las calles que transitamos son solo nuestras, y no hay peor ciego que el que no quiere ver. Tarde, una vez más. Mis lágrimas se hacían dulces con el rozar del viento, y mi piel se secaba de tanto esperar.
Las imagenes que nuestra memoria guardaba, se hacían cada vez más confusas, y de apoco, comenzamos a olvidar. Tan presente como el cielo azul que me inventaste, el más perfecto de todos, el que me acompaña cada día. Tan distante como el pasar de las horas, y más grave aún, de los años.
Creí darme por vencida, cuando tu sombra no volví a ver. Creí tambien sentir que moría, como cada una de las flores que el otoño dejó caer. Me acuerdo de tu risa, la siempre guardo como impresa en un papel.  Mi razón ya no formaba parte de la historia, la había perdido un tiempo atrás.
Y podría reconocer tu mirada como niguna, tan distante, única y sincera a la vez. El veneno de un amor a la distancia, poco a poco, me mataba otra vez.